#Crónica |El deseo a través del tiempo y las armonías

Podemos imaginar a los primeros dos Homo sapiens que comenzaron a usar el sonido de una roca contra otra como forma de comunicación, como forma de transmitir sucesos del día hasta lograr un nivel de ruidos y graznidos suficientes como para contarle al otro acerca del búfalo que atrapó hace dos días gracias a su ingeniosa idea de matarlo a piedrazos en la cabeza desde un risco. El deseo de poder comunicar algo visual y auditivamente  le da lugar a la música como soporte de esa comunicación primaria entre individuos de una misma tribu ya que cada tribu fue elaborando sus propios códigos, su propio lenguaje. Desde tiempos inmemorables se utilizó la música como marco sonoro en celebraciones, festejos religiosos, en rituales; tal vez como para darle más dramatismo a eso de los sacrificios humanos; se ve que no serían tan dramáticos de por sí solo cortarles la cabeza o sacarles el corazón aun latiendo;  y fundamentalmente se utilizó como soporte para la transmisión de la cultura e historia de generación en generación, dando paso al  deseo de trascender.

Ha sido utilizado para transmitir enseñanzas a grupos o poblaciones como es el caso de la música góspel o música evangélica en los pueblos de EEUU, así como también a través de la música popular en otros países. Ejemplo de esto en un pasado cercano es el disco de 1978 , “Roast Fish Collie Weed & Cornbread” del gran productor jamaiquino Lee “Scratch” Perry  donde podemos encontrar en letras sencillas y a modo de boletín musical mensajes que dan cuenta de cómo mantenerse sano, cómo ejercitarse y hasta cómo mantener el motor de un auto a una población prácticamente analfabeta pero con un muy buen sentido del ritmo.

La música ha sido partícipe necesaria de los más variados escenarios en materia de deseos. El deseo sexual es uno de los más presentes desde siempre . Tenemos por un lado al músico como objeto de deseo, la atracción que genera un músico popular es bien sabido, el frenesí de las fans de Los Beatles, las interminables historias de ídolos de la música y su relación con sus groupies. Incluso tipos como Mozart han tenido su cuota de fans:

 Existe una anécdota que da cuenta que María Antonieta  asistió con apenas 6 años y medio de edad a una velada organizada en Viena donde se presentaría en sociedad a un prodigio del “clavecín” ( un instrumento similar al piano) de tan solo 6 años de edad. El pequeño Wolfgang Amadeus ejecutó varias piezas sin siquiera leer la partitura e incluso improvisó varias piezas solicitadas por los asistentes con una majestuosidad increíble. Al finalizar se paró para recibir la ovación con tan mala suerte que trastabilló cayendo de bruces al suelo con un sonido estrepitoso. Casi de inmediato; y completamente fuera de protocolo, se acercó corriendo la pequeña María Antonieta en su ayuda para ponerse en pie.  Agradecido, Wolfgang le dio un gran abrazo y sin que se le moviera un pelo prometió casarse con ella. Ella quedaría enamorada del pequeño por años aunque finalmente terminó por casarse con el futuro Rey de Francia Luis XVI convirtiendose en Reina Consorte de Francia y Navarra. Se dice que mencionó a Mozart en su última carta antes de ser decapitada a sus 38 años, apenas 13 meses después de abolición de la monarquía en Francia.

También tenemos presentes el deseo sexual con canciones que hablan de amor o que hablan de sexo, tenemos también los sentimientos que despiertan las canciones “sensuales” del estilo Marvin Gaye, Barry White, o cualquiera de las que Ud. considere sensuales por alguna razón en especial. Las canciones muchas veces crean el clima adecuado para el encuentro sexual, desde las orgías griegas con sus liras, cítaras y panderetas marcando el compás hasta la intimidad de un Fiat 600 en el auto-cine; la música acompaña y realza los encuentros íntimos para infinidad de personas. Es parte fundamental de encuentros amorosos, de conquista y muchas veces también de nostalgias. El deseo conmueve nuestros sentidos, sea por encauzamiento, motivados por vivencias pasadas o por neto reflejo corporal. La música sirve como disparador de emociones, funcionando como motor del sentimiento que luego desemboca en deseo. Sin duda la música ha podido darle un marco a infinidad de poemas y prosas proferidas al amor, la sexualidad y la sensualidad.

 

El deseo de libertad, con el blues a principios del siglo XX, y su lirica triste, nostálgica y lamentosa en los campos de algodón, anhelando el fin de la esclavitud y del maltrato social a la gente de raza negra. También las canciones proferidas por infinidades de artistas durante y a fines de los años ´60,  con Bob Dylan y su “Blowin´ in the Wind”, John Lennon y su “Give peace a chance”, y  los “Grateful Dead” a la cabeza del movimiento hippie que terminó en el verano del amor en el ´69  han deseado que sus canciones transformen el deseo de libertad en una realidad tangible a toda la humanidad, que el mensaje corra en todas direcciones para lograr una conciencia colectiva que materialice uno de los deseos más profundos del ser humano.

El deseo de expresarse es el iniciador indiscutido de todo músico y de casi cualquier artista. También lo es para quienes somos oyentes, ya que muchas veces nos identificamos con algunos temas en los cuales nos vemos reflejados y hasta nos sentimos representados por ellos en gran parte de nuestras propias vidas. Nos acompañan en momentos tristes, alegres, nos alienta en algunos casos y nos reconforta en otros. El deseo de ser escuchado, protestando y denunciando situaciones sociales tan presentes en la música Reggae, el Hip-Hop, el Rap o las canciones de protesta contra infinidad de temáticas se dan como una constante en la música contemporánea.

El deseo de transmitir una emoción en particular se da claramente en las películas y la música incidental.  Acompaña la acción sirviendo de apoyo a las imágenes, creando la atmósfera adecuada para las distintas emociones que el director desea resaltar: los violines “staccato” en las películas de terror, el “crescendo” de los violines para crear una atmósfera de suspenso, o incluso el “accelerando” para crear la idea de que algo está por suceder, como es el caso de la música compuesta por John Williams para la película “Tiburón” y los momentos previos al ataque del simpático escualo de siete metros y medio, son algunos de los ejemplos fácilmente identificables de la incidencia de la música sobre las emociones de quien la escucha.

La música nos acompaña desde que nacemos: llegamos al mundo con un grito a todo pulmón, de bebés lloramos cuando buscamos llamar la atención y nos comunicamos a través de sonidos y canciones con nuestros padres o cuidadores hasta aprender el lenguaje hablado. Quien no recuerda el “Arrorró” o el “Duérmete niño”?. ¿Quién no recuerda haber aprendido a través de canciones que la vaca hace “Muuú” , el gato hace “Miau” y el perro hace…bueno… lo que los perros hagan. Lo cierto es que la música surge como expresión del alma, de lo que no se puede describir en palabras y resulta tan liberador como puede ser escribir un cuento o una novela para un escritor.

Hay infinidad de formas en que el deseo y la música van de la mano. Por lo pronto me despido con una frase de Henry Miller que dice:

Vivir sus deseos, agotarlos en la vida, es el destino de toda existencia

 


TOMMY TOW  (Buenos Aires, Argentina) Es músico, fotógrafo y redactor. Como redactor realizó una columna mensual en Baires Digital donde escribíó sobre discos, bandas, curiosidades musicales y anécdotas del rock. También en el blog “enviajeargentina” con crónicas de viajes y tips actualizados para viajeros de todo el mundo. También como fotógrafo freelance de Street Art desde 1995, en Argentina, Alemania, Italia y Francia. Como músico realizó piezas incidentales para films, Separadores de radio, música para sitios web, videos promocionales de deportes e institucionales, actividad que realiza en la actualidad. Obtuvo el segundo puesto en el Quickflick World Festival, por su cortometraje «Laberinto» filmado en Berlín en 2008. Le gusta viajar, comer y conocer nuevos lugares. Su lugares en el mundo son los panqueques de Carlitos, los Cenotes de Tulum, las calles de Berlín y la pizza de dorapa en Güerrín.

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